La sede del Teatro Español en el Matadero de Madrid suele ofrecer una programación de calidad, representativa de las mejores tendencias de la escena internacional. En esta ocasión hemos disfrutado de un espectáculo sincero, comprometido y bien construido: Incendies, escrito y dirigido por el libano-canadiense Wajdi Mouawad.
La obra comienza con un enfoque contemporáneo y frío, sobre una escenografía geométrica y apagada. Sin embargo, poco a poco la poesía va llenando el espacio, la trama cobra sentido y nos adentramos en una exploración valiente de la naturaleza humana, metafórica y biográfica al mismo tiempo.
La historia narra la aventura de dos hermanos gemelos –Simon y Jeanne- en su búsqueda de la verdadera historia de su madre recién fallecida, que les ha dejado como testamento –y como inexplicable obligación moral- un juego de acertijos para descubrir a un padre y a otro hermano, perdidos en recuerdos nunca revelados.
Poco a poco vamos conociendo, mediante una bien dosificada alternancia de escenas, un pasado marcado por la guerra y un presente lleno de metáforas –por ejemplo, la comparación que hace la hermana, profesora de matemáticas, entre los miembros de la familia y los vértices de un polígono irregular. Las razones por las que la enigmática difunta ocultó a sus hijos los secretos más profundos de su vida están enterradas en décadas de conflicto fratricida en su país de origen, donde las mujeres y los niños, como siempre, se llevan la peor parte.
La guerra, en Incendies, es tanto exterior como interior. La complejidad del ser humano es más inquietante que la tragedia de un país desgarrado por la limpieza étnica, y lleva a dos mujeres –la madre de Simon y Jeanne y una refugiada deseosa de venganza- a enfrentarse solas a la barbarie más incomprensible.
Finalmente los hermanos descubren el destino de las dos mujeres y deben afrontar el terrible secreto de su propio origen, demasiado real para soportarlo. No obstante, el autor nos enseña que se puede recuperar la cordura, que del caos del inconsciente y el sufrimiento absurdo puede resurgir la paz.
La puesta en escena de esta reflexión sobre la delimitación entre el bien y el mal deja una impresión variable, pero en general satisfactoria. Quizás la brillantez del texto se vea algo ensombrecida por el desigual enfoque dramatúrgico, que pasa del aire contemporáneo al comienzo –con actores algo gritones- a un final un poco folletinesco propio del drama familiar más morboso. Eso sí, lo de en medio, pura delicia. Las casi tres horas de espectáculo apenas se notan, a pesar del francés con sobretítulos.
Uno puede pensar que los recursos están ya manidos –los guiños a Edipo Rey, las metáforas científicas, el drama de la intolerancia y la guerra-, pero debe reconocerse lo impecable de la composición, el exquisito trabajo actoral y la capacidad de mantener al espectador pendiente de la trama tanto como de la estética visual de la obra.
Hay quien viene a España a enseñarnos cómo se hace teatro. Pues a ver si aprendemos.








