Hace unos años, durante un viaje a República Dominicana, me contaron la historia de quienes tratan de salir de la isla como sea. Entreverada de zonas selváticas y verdes pastos, desiertos y cañones donde se hunde la serpiente sinuosa y delgadísima de algún río, playas de arena blanca, paradisíacas, y bateyes (poblados) donde el sida y los machetes campan a sus anchas. Rica en productos naturales pero con una población empobrecida (económica y espiritualmente), pocos dominicanos de menos de treinta años optan por quedarse en su tierra. Todos sueñan con Nueva York y sus calles empedradas con oro, sus oportunidades en cada esquina, su Estado de bienesta r: la democracia del capitalismo, en que aquellos sin escrúpulos e inteligentes pueden ascender en la escala social, acumular dinero, comprar coche y casa. Volver, en definitiva, de vacaciones y deslumbrar a primos y cuñados y tíos segundos con sus cadenas doradas, su opulencia, sus estómagos llenos de poder. Son los dominican yolk, el escaso por ciento que cumple el sueño colectivo de la nación.
Muy pocos llegan a su destino, muchos menos regresan después para contarlo.
Sin papeles, con la desesperación de quien no tiene nada que perder, las costas de Dominicana son un coladero de gente. Todos quieren irse. Venden cuanto poseen, hacen un hatillo con las cuatro cosas que restan y pagan cantidades astronómicas por un sitio en una yola (lo que aquí conocemos como patera), tristes embarcaciones de nula navegabilidad con las que arrostran los peligros del océano, camino de la meta lejana, ese Nueva York en que se condensan sus aspiraciones, Occidente, riqueza, también libertad. El viaje es largo, primera escala en Puerto Rico, estado asociado de los EE UU, desde donde es más fácil dar el salto al país de las oportunidades. Muy pocos llegan a su destino, muchos menos regresan después para contarlo. En el camino se queda un rosario de historias menudas, sangrantes, horribles. A veces los engañan como a tontos, la yola costea el país hasta depositar a sus tripulantes en el otro extremo de la isla, se les miente y les dicen que aquello es Puerto Rico, y allí quedan tirados, sin dinero, en la misma tierra de la que esperaban huir. Y sin embargo son unos privilegiados, porque al menos salen escaldados de esta experiencia pero con vida. Los hay con peor suerte. La yola se hace a la mar, inconsciente de oleajes y corrientes marinas, de turbulencias, de naufragios. Pasados los atolones de coral que circundan la isla, comienza lo duro de la travesía. Muchas de ellas naufragan, son como cáscaras de nuez, barquitas de papel llenas hasta los topes a merced de los vientos y de un buen dios que no parece escuchar los rezos de sus hijos. Si una yola comienza a hacer agua, se sigue un estricto orden para quitar lastre. Primero se lanza por la borda a los niños, más tarde (si la barca sigue hundiéndose) son las mujeres quienes siguen esta suerte. Finalmente, la yola con su grupo menguado de hombres será tragada por el océano, ávido de carne humana. Alrededor de las barcas, esperando que les llegue su turno, los tiburones dan vueltas y vueltas, hambrientos, excitados ante el festín que saben que se van a dar.
son sólo un número a erradicar, una lacra de este siglo XXI que no va con nosotros
Este cuento que no es tal me impresionó mucho. Imaginaba los gritos de los infantes mientras son atacados por los escualos, las lágrimas de las madres impotentes, el gesto hosco, adusto, de los hombres verdugos de sus mujeres y de sus niños. Me decía que esto es un ejemplo de lo que el hombre puede hacer llevado por la desesperación: los sentimientos humanitarios, cuando hay necesidad de comida y techo, se apartan a un lado y resurge, como si nunca se hubiera ido porque siempre estuvo allí en nuestro interior, la ley del más fuerte. La misma que ha regido el viaje alucinado, espantoso, de quienes brujulean en torno a la plaza de Lavapiés, de aquellos que nos venden música y cine desde el top manta, de los que nos cruzamos todos los días camino del trabajo. Pero no los vemos, son sólo un número a erradicar, una lacra de este siglo XXI que no va con nosotros, porque nosotros, desde nuestra vida muelle, no podemos hacer nada por ellos. O no sabemos o no queremos, que para el caso es lo mismo.
Crédito de imagen: Heart Industry








