«Una mudanza, un nuevo barrio y una nueva estructuración mental de las calles, el tráfico, las tiendas y los bares derivado de la decisión de un traslado a mejor. Una vez todo ordenado y colocado (más colocado de lo que volverá a estar jamás posiblemente) surge la noción de las cosas que se hacen por primera vez en un nuevo lugar. Y las decisiones que uno debe tomar. Qué cocinar para la primera cena en compañía. Qué canción pinchar por vez primera. Qué plantar para dar comienzo al huerto urbano.
La primera pregunta es sencilla. El número de mis platos que son merecedores de una reseña en directoalpaladar es amplia pero está limitada a los productos de temporada, el tiempo disponible para la receta y los, a menudo extrapolados, gustos de los invitados. Las limitaciones que pone un urbanita también son obvias para arrancar con el huerto. Un cultivo sencillo, que el fruto salga rápido para no desfallecer y que pueda plantarse en esta época del año. Cuando toque ya comeré tomates de verdad.
Y si el vaivén de limitaciones condiciona las decisiones en la cocina, no opera tan directamente en el equipo de música, digo, en el ordenador. Un tema solo. Uno que permita obtener la distancia necesaria sobre los hechos. Uno solo que sea reflejo de la ilusión de los cambios. El tema, el que se adopte como símbolo y bautizo del nuevo piso. Me tiene que gustar y hacer bailar, al menos un poquito. Mejor si ya conozco la canción, para poder devorarla, paladearla y vivirla. No tendría porqué estar asociado a ideas previas o bien puede estarlo a algo que quiero exorcizar. ¿Y si le atribuyo a la casa propiedades femeninas? ¿Y si busco canciones con títulos evocadores? Si resulta una canción actual, ¿quién me asegura que vaya a trascender?
Mejor un clásico. Una mujer. La voz que prefiero para llenar estas “nuevas” paredes. En este momento, solo Nina Simone está cantando para mí…
… y me invita a la libertad de elegir ser mejor.»







