Era una tarde de sábado, hacía sol y parecía un crimen quedarse en casa en lugar de salir a disfrutar un poquito de la ciudad.
Al llegar a Madrid Río, hordas de paseantes, patinadores y bicicletas invitaban a escoger cualquier otro lugar para pasar el rato. Y eso hice…
De pronto recordé que hacia el sur, atravesando una de las últimas pasarelas, se accedía a otro parque del que había oído hablar pero que nunca había visitado: el Parque Lineal del Manzanares, obra del arquitecto Ricardo Bofill e inaugurado el 29 de abril de 2003 por el anterior alcalde.
No me voy a detener en resumiros el proyecto, porque cualquiera que haga un poquito de investigación online puede llegar a conocer cuántos detalles quiera. Simplemente voy a contar mi experiencia como visitante. Porque un parque se pasea, se escucha y se siente, al margen de lo interesante que pueda resultar su trazado. Lo que más me sorprendió al entrar fue la sensibilidad y eficacia con que los elementos, desde árboles hasta bancos, estaban resueltos. Sin que se apreciara ese diseño exagerado del que muchas veces se ha abusado en los parques madrileños. En este caso, el equilibrio entre elementos naturales y artificiales era perfecto.
Me encontraba en el Paseo de los Sentidos, porque precisamente eso es lo que era: una brisa que mecía suavemente las hojas, leves pisadas sobre el entarimado del camino; el canto de los pájaros…
Aparecían ante mí distintos lugares: un anfiteatro de hormigón, robusto y solemne, que haría las delicias de cualquier amante de los conciertos veraniegos; una estructura de madera a la japonesa que resguardaba algunas palmeras y macizos de bambú; una pérgola clásica reinterpretada, de nuevo en hormigón y madera, que acompañaba el paseo… Todo limpio, sencillo y elegante.
Distintos recorridos enmarcados por cipreses me adentraban cada vez más en el parque, acercándome a la ribera del río, atravesando la pendiente del terreno, siempre verde y salpicada por olivos. Hasta que por fin llegué a la orilla y descubrí un río Manzanares desconocido para mí. Un Manzanares que parecía un río de verdad, de perímetro salvaje y cuyo agua bajaba con fuerza y virulencia.
Livianas pasarelas curvadas, de nuevo de madera y con barandillas metálicas que les daban un toque ‘tech’ que se difuminaba entre los árboles, permitían cruzar al otro lado. Y de repente sentí añoranza de esta exquisitez en las boyantes pasarelas de Madrid Río…
Remontando la corriente hacia el Norte por un camino de tierra comencé a intuir la cascada, cuyo sonido empezaba a ahogar cualquier otro, incluso el de los coches que circulaban a gran velocidad por el puente de la M-40.
Al llegar, un puente más antiguo, de color azul eléctrico algo desafortunado, me acercó casi al nivel del agua para poder cruzar a la otra orilla, donde el parque continuaba y parecía no terminar nunca.
No me esperaba lo que encontré…
Primero una senda botánica protegida del tráfico por un seto perimetral que conseguía proporcionar algo de abrigo respecto a los ruidosos coches. Delante, un montículo denominado la Atalaya se erigía coronado por la dama con el sombrero más distinguido de todo Madrid.
Y hacía allí me encaminé, con la promesa de una vista espectacular en la cima.
Dos caminos bien distintos invitaban a subir: uno de arena en forma de espiral y una suave escalinata de madera con plataformas vegetales que parecía llevar allí toda la vida. Esta última fue mi elección y no me equivoqué, pues la subida fue rítmica y cómoda.
Ya arriba, bajo la protección de ese sombrero de locura y acompañada por el decadente sol de la tarde, reaparecía Madrid a modo de silueta a contraluz, con todos sus tejados difuminados en la distancia. Sin duda un buen broche para una tarde de sábado.
Hacia el extremo sur del parque se elevaba otro montículo, separado del primero por diversas pistas deportivas de césped donde los niños se afanaban en jugar al balón. Tocaba salvar este espacio y coronar la última cima, tras la cual se escondía la Caja Mágica que en ese mismo instante acogía el Open de Madrid.
Tras dejar a la derecha un apacible estanque bordeado por palmeras alcancé el camino de subida, de tierra y bañado por un mar de amapolas en su primer tramo.
Paso a paso, cada vez estaba más cerca…
Por fin, ante mí, apareció la cubierta de ese magnífico edificio, abierta de par en par ya que la tarde acompañaba y la ausencia de lluvia permitía jugar a cielo abierto. Dentro luces, música y algo de barullo provocado por el torneo.
Dese allí el parque continuaba hasta donde se perdía la vista…
Girando sobre mí y cruzando la plaza que coronaba el montículo conseguí la imagen de postal del parque, con su bóveda arbolada infinita y la puesta de sol al fondo.
La hora de cierre estaba próxima y tocaba despedirse ya bajo la luz de las farolas de este lugar magnífico donde los árboles dan mucha sombra y el Manzanares es un río de verdad.
















