Puede resultar osado y prematuro hablar a estas alturas del año de quiénes serán los protagonistas de los Oscar, pero la sensación predominante tras el estreno de Origen es que ésta, y no otra, será la gran triunfadora de la próxima gala. La última de Christopher Nolan –maestro confirmado del cine con su Caballero Oscuro- es un magistral thriller de dos horas y media con un guión impecable y una puesta en escena tan apabullante como sorprendente.
Intentar hacer una crítica de una película como Inception (Origen en su versión en castellano) y no resultar grandilocuente o caer en la adoración y el aplauso continuo es casi imposible. Tanto como encontrar una historia tan bien resuelta pese a su enrevesada complejidad. Origen trata de los sueños; de ladrones capaces de viajar al subconsciente de sus iguales para robarles una idea o, por qué no, introducirles el germen de una ajena haciéndoles creer que es propia.
La película es un viaje continuo a la mente, ya sea propia o extraña. A ese lugar indeterminado donde el mundo real y el onírico se entrelazan y los miedos, pasiones y anhelos de los protagonistas se convierten en proyecciones del subconsciente. Poder controlar cada incursión y saber discernir cuándo se está dormido y cuando despierto es el principal arma de los protagonistas. Ese control es lo único que puede ayudarles a conservar los anclajes con la realidad y no dejarse llevar por lo que se proyecta en sus mentes tras entregarse a los brazos de Morfeo.
Aunque no es original (ya se han hecho otros intentos en los que se mezclaban ambos mundos), el resultado es, simple y llanamente, impresionante. Con el aliento contenido durante toda la película, ni siquiera al final el espectador logrará dejar de sentirse inquieto. Saldrá del cine rumiando lo que ha visto en la pantalla, analizando los pequeños detalles en busca de un desenlace que puede haber sido uno u otro. Quizá depende de la propia proyección que de sus sueños haga el espectador en la película.
Y todo gracias a la maestría con la que Nolan ha sabido dirigir un guión propio y a un elenco de actores a la altura de las circunstancias. Leonardo DiCaprio sobresale por encima del resto no sólo por ser el protagonista principal de la historia, sino por ser capaz de transmitir esa empatía con quien se sienta en una sala de cine a disfrutar y olvidarse de la realidad por unos instantes. El que fuera adolescente prodigio del cine hace ya dos décadas no se conforma con nada y sigue creciendo como actor con cada película. Capaz de transmitir no sólo con su voz (siempre gana en versión original), sus gestos, sus movimientos y, sobre todo, su mirada expresiva lo convierten en uno de los grandes actores del momento.
Junto a DiCaprio, dos de los nuevos valores del cine estadounidense: Joseph Gordon-Lewitt y Ellen Page. Repite a las órdenes de Nolan Cillian Murphy y se dejan ver veteranos como Tom Berenguer y el siempre grande Michael Caine. Y como objeto de deseo y obsesión para DiCaprio, la últimamente omnipresente Marion Cotillard, quien, poco a poco, se está haciendo un hueco en el cine más allá de sus francesas y patrias fronteras. Todos están a la altura de la historia y contribuyen a que ésta sea todavía más memorable.
Una atmósfera de thriller, inquietante y envolvente, les arropa a todos ellos y también al espectador, al que le resultará imposible no dejarse llevar de la mano de Nolan y DiCaprio a un mundo tan real como onírico donde todo puede pasar y todo tiene su porqué. De ahí su gran valor. Porque en Origen todo encaja, sin que la tan manida excusa de ‘en los sueños todo vale’ sirva para dejar nada al libre albedrío.













