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Balance

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La Castellana, Serrano, Gran Vía, Princesa, Sol, Plaza de España, Noviciado, Chueca, Malasaña, Plaza de Oriente, Prado, Atocha, Bravo Murillo, Tribunal, Avda. América, Nuevos Ministerios…

No hace tanto que estaba intentando memorizarlas, mientras escribía por primera vez en un pequeño café que, os confesé no saber ni dónde estaba. Todas esas calles que pensaba que jamás lograría retener, han pasado a formar parte de mi día a día. He enterrado todos los mapas y apuntes en el fondo de un cajón, justo al lado de la carpeta llena de Cvs que me acompañaba cada día recorriendo todo Madrid. Hoy os puedo contar que aquel café se encuentra en Espíritu Santo, Malasaña, una de mis zonas favoritas de Madrid. Ya tengo mis sitios clave para tomar una caña. Dónde ojear libros mientras me tomo un café, para acabar saliendo con algo bajo el brazo. El lugar donde comer las mejores pizzas de la ciudad, incluso dónde comer las segundas mejores, y las tiendas donde tirarme horas ojeando de todo y de nada. Todo eso escapándome de la rutina que me lleva a metro Callao cada día.

No hace tanto que llegué con una maleta y un montón de ilusiones a cuestas. Llena de dudas, miedos… paso a paso se han ido derrumbando mientras se iba construyendo mi pequeño hueco en Madrid. ¡Se puede decir que ya soy toda una madrileña de adopción! Ahora todo el mundo me pregunta qué tal me he adaptado a la ciudad. ¿Adaptarme? La ciudad me conquistó desde el primer momento y la verdad es que no he tenido que hacer grandes esfuerzos para subirme a su ritmo. Todos los tópicos de que es demasiado grande, demasiado caótica, demasiado ruidosa… se evaporaron desde el momento cero. Mi percepción siempre ha sido que Madrid puede ser lo que tú quieres que sea. Tú eresMadrid. Yo, lo que sé, es que ahora tengo más ganas de Madrid que nunca.

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miMadrid: Jamming

miMadrid: Jamming

Este fin de semana he recibido la más que agradable visita de mi Talaverano favorito. A pesar de ser yo la que está viviendo en Madrid, son aún las visitas las que ejercen de anfitriones en la ciudad y las que eligen plan.

Así que el viernes, bajo la recomendación de mi visita, nos fuimos al teatro Arlequin, en San Bernardo, a ver algo que rompe totalmente con el concepto que tenemos todos de obra de teatro: Jamming.
Podéis meteros en google y teclear su nombre, que os llevará directamente aquí. Eso fue lo que hice yo, curiosa, antes de ir a verlo. Pero las sensaciones una vez allí fueron diferentes.

A la entrada del Arlequin, nos entregaron a todos unas tarjetitas en blanco y un bolígrafo. ¿La finalidad? Escribir un título o una frase a partir de la cual los actores iban a empezar a crearlo todo.

Cuando entramos, los actores se presentaron, conectaron rápidamente con el público y nos metieron en ambiente totalmente de una forma muy original. Ya que todo iba a ser creación, locura e improvisación, nos propusieron que cuando contaran hasta tres, cada uno nos presentáramos a alguien totalmente desconocido en la sala. Y así fue. Yo saludé a la inglesa de mi derecha, que no paraba de reír. El chico de delante se giró, me dijo su nombre, me sonrió y añadió un: “esto promete”. Y así era, puesto que el buen rollo invadió todo el teatro bajo la sensación de que lo íbamos a pasar genial, y no defraudaron.

Jamming, en el teatro Arlequin

Se subieron al escenario Juanma Diez, Ana Morgade, Lolo Diego y Paula Galimberti, junto con la ayuda de un técnico improvisador que se encarga de la luz y el sonido. Cada uno de ellos escoge al azar una tarjeta de entre el público, lee la frase y garantiza ser capaz de incluirla a lo largo de la noche de una forma convincente. Esto, que no suena a priori muy complicado, puede parecéroslo más si os digo que las ocurrencias del público van desde un: “Athletic, más que un sentimiento” a “te arde la teta porque la tienes metida en la sopa”. A partir de ahí todo se va complicando cada vez más. El público, con sus frases, escoge la temática de lo que va a pasar a continuación, que se va construyendo sobre la marcha después de un tiempo jamming, de no más de un par de minutos, en el que los actores eligen cómo empezar. Sin hablar entre ellos, sin preparar nada previamente, se van siguiendo el rollo los unos a los otros hasta acabar montando una escena lógica y creíble. A lo largo de las casi dos horas que dura el espectáculo, los espectadores van tomando mayor partido del asunto, eligiendo también el estilo en el que se desarrolla la acción: cine argentining, pixaring, gitaning, culebroning…. El escenario, e incluso la postura de los intérpretes.

El resultado de todo este popurrí deja boquiabierto a cualquiera. Así que por un ratito, me convierto en vuestra anfitriona de Madrid para recomendaros que os acerquéis a verles a la calle San Bernardo. Los encontraréis allí todos los viernes y sábados por un precio más que asequible. ¿Os lo vais a perder?

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miMadrid: Un mes después

miMadrid: Un mes después

El tiempo ha pasado a un ritmo frenético. Sin casi darme cuenta hace ya un mes entero que llegué. El otoño madrileño con el que aterricé, llena de miedos e ilusiones, ése con el que comencé a descubrir la ciudad, ha dejado paso al frio, los primeros copos de nieve y las luces de navidad invadiendo las calles.
Todos estos días han estado principalmente protagonizados por la búsqueda intensiva de una nueva vida, y los esfuerzos por encontrar mi hueco en Madrid. Como cualquier recién llegada, me he recorrido andando la mayor parte de la ciudad, he visitado pisos para compartir, he llamado con mi curriculum a un montón de puertas, y he tenido mi primera experiencia laboral en la ciudad.

Un mes después, hago una pausa con todas mis sensaciones sobre una ciudad que no conocía hasta hace bien poco, y que me ha recibido con un sinfín de matices, y de cosas nuevas por vivir.
Mi primera impresión de la ciudad fue que se movía a un ritmo vertiginoso. La rutina, las prisas, los compromisos, todo parece ir a paso ligero alrededor de un recién llegado que observa, con una ligera sensación de estar perdido, como gira todo. El tiempo parece escaparse entre los dedos. Sensación mezclada con la ilusión y las ganas de vivir la ciudad al máximo, de aprovechar todas las oportunidades y posibilidades que ofrece en todos los ámbitos.

He tenido la suerte de poder asistir a conciertos que he disfrutado al máximo, a alguna que otra exposición que no me ha dejado indiferente. He descubierto restaurantes, rincones, bares, cafeterías… y lo mejor de todo es la larga lista de cosas que aún me quedan por hacer, por explorar, junto con todas las que seguiré apuntando.

Si me paro a pensar, creo que lo que más me ha sorprendido, y ha llamado la atención de esta ciudad, son sus contrastes. Caminar por una calle rebosante de gente, y tan solo cruzando un par de calles más en alguna dirección, encontrar un rincón tranquilo, totalmente opuesto a lo anterior. Un Madrid con todo tipo de gentes, todo tipo de espacios, todo tipo de planes. Un Madrid que no para de reinventarse, que ofrece siempre algo nuevo, y no solo para mí, que soy una recién llegada, si no para todos.

Pongo un punto y seguido después de mi primer mes, y sigo saboreando con más ganas, si cabe, miMadrid.

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miMadrid: Como dice la Costa Brava ¡Hazte Camarera!

miMadrid: Como dice la Costa Brava ¡Hazte Camarera!

Después de tres semanas de búsqueda intensiva de trabajo, una empieza a buscar tanto en “lo que es lo suyo”, como en lo que no lo es. Las diferentes oportunidades que se presentan y las ganas de vivir experiencias, me llevaron a que me pique el gusanillo de probar. Así, me encontré a mí misma vestida de negro, con un mandil que prácticamente arrastraba, doblando servilletas en un conocido restaurante de Madrid.

A pesar de mis nervios, el tema empezaba tranquilo y fácil. Huelga decir que jamás me había metido en el papel de una camarera de sala, aunque pensaba para mí misma que al fin y al cabo, no podía ser tan difícil ¿no? Me equivocaba.

Tras las servilletas, pasé a montar mesas a un ritmo frenético. Paso por paso, con un riguroso orden y ritmo, así como un control milimétrico de la situación del plato, las copas, los platos pequeños para el pan, la servilleta, los cubiertos… A diferencia de los de mis compañeros, mis ojos no distinguían entre situar el plato en el borde de la mesa y centrado, o hacerlo a un centímetro del borde, y movido dos milímetros a la derecha. ¡Nunca había sido consciente del centenar de pequeños detalles que tiene una mesa de restaurante!

Aun así, todavía me encontraba en la parte más sencilla del trabajo. Los camareros se convierten en auténticos malabaristas cuando empieza la verdadera labor: servir mesas.
Me atribuyeron el papel de convertirme en una especie de sidecar de un camarero asturiano, con todas las papeletas para convertirse en la persona con más paciencia que conozco. Siempre con una sonrisa, me indicaba cuándo servir esto o lo otro, y lo más importante: cómo.

Se convirtió también, en mi traductor de la “lengua camareril”. Así, cuando me decían “niña, marca al japonés con trinchero”, mi intérprete me indicaba que lo que tenía que hacer era escoger entre el sinfín de tipos de cubiertos existentes en el restaurante, el adecuado para el siguiente plato del famoso japonés. No tenía nada que ver con hacer una cruz sobre él, o escribirle “trinchero” en la espalda. Eso sin contar que mientras yo caminaba orgullosa de mi misma por ser capaz de transportar cuatro copas gigantes en cada mano, el susodicho asturiano transportaba seis en cada una. Hubo un momento en el que estuve a punto de preguntarle si hacía trampas utilizando algún tipo de ventosa minúscula que se ponía entre los dedos.

Al final de la noche una compañera me dijo que para ser la primera vez que hacía algo similar, no lo había hecho tan mal. Os tengo que confesar que me divertí viéndome a mí misma en el papel de algo que no tiene nada que ver conmigo.

Al fin y al cabo, ¿cuánta gente ha empezado teniendo una experiencia como camarero en Madrid?

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