Dice la leyenda que James Joyce se jactaba de que si un desastre borrara Dublín de la faz de la tierra, podría reconstruirse piedra a piedra utilizando su “Ulises”. Pues bien, si ese desastre se abatiera sobre Baltimore, nuestra mejor guía para su reconstrucción sería The Wire. Y no solo podríamos reconstruir sus calles, también las podríamos llenar de gente. A lo largo de sus cinco temporadas acabamos conociendo todos los ambientes de esta ciudad. Desde los más míseros estercoleros de los peores barrios, a los salones de la clase alta y las habitaciones cerradas de la política. The Wire pertenece a ese tipo de obras de arte en las que el escenario se convierte en el principal protagonista. La razón, de que nos parezca todo tan vivo, es que lo que verdaderamente forma una ciudad no son sus edificios, sino su comunidad, su gente, sus historias y su día a día. Y es también lo que hace atractiva una ciudad tan gris y deprimida como la que se describe en la serie.
The Wire partió de una base aparentemente simplista. El envoltorio parecía el de un título policíaco más. Razón por la cual la cadena HBO se planteo seriamente no emitirla, pensaba que era un tema demasiado trillado para una serie de calidad. Aproximaciones realistas al día a día de las policías americanas son moneda común desde Canción triste de Hill street. Afortunadamente, sus productores consiguieron convencer a la cadena de que su serie estaría muy lejos de cualquier nivel de complacencia. Los policías en The Wire son corruptos, vagos, incompetentes y estúpidos en diversos grados. A veces hacen bien su trabajo, aunque sus motivaciones no suelen ser el amor al orden y la justicia, es más normal que les motive la vanidad de demostrar que son más listos.

Pero The Wire no es solo una serie de policías. Desde los primeros capítulos, quedaba claro que el mundo de las mafias de la droga iba a ser tratado tan en detalle y exactitud como el de los policías. Incluso más. La descripción, que hace de su forma de actuar, roza lo documental. Todo producto del largo pateo de calles, que hicieron durante años el periodista Simon y el policía y maestro Burns, principales responsables de la serie y baltimorenses de pro. Su esfuerzo, por dotar de verosimilitud y autenticidad todos los detalles, es uno de los más notables trabajos que ha hecho la televisión nunca. Desde los mismos actores, muchos sacados de la comunidad local, a veces sin experiencia previa, pero soberanamente creíbles en su forma de hablar, vestirse y expresarse. Este tratamiento realista se fue extendiendo a otros ambientes, a medida que progresaba el foco de la serie a nuevos lugares de la ciudad: La decadencia de los muelles del puerto, los tejemanejes de la política local, el estado lamentable de la educación pública, en una ciudad con exceso de delincuencia y pobreza y finalmente la responsabilidad de los medios para con su ciudad. Todos juntos, más el mundo de la policía, acaban por completar el inmenso fresco de esta ciudad.
Resulta sorprendente como han cambiado las cosas, lo cerca que hemos llegado de conocer a una ciudad y sus gentes sin habernos levantado del sillón
Cada temporada se centra en uno de estos submundos, pero no se abandona por ello los otros, que siguen teniendo su peso y siguen avanzando a su propio ritmo. Al final todas las peripecias se irán entretejiendo a lo largo de las cinco temporadas, incluso con la muerte de personajes esenciales, incluso postergando algunos según el camino que elijan. No hay protagonistas absolutos en The Wire, ni siquiera el detective McNulty, que desaparece del relato muchas veces durante la cuarta temporada. Pero McNulty es el personaje que pone en marcha las ruedas de “la escucha”, en la primera temporada, y es el que la cierra, en la quinta y última, poniéndose en el lugar del espectador, contemplando el enorme cuadro de esa ciudad implacable para algunos, esperanzada para otros. En la que algunas cosas no cambian, pero que es muy distinta de la que conocimos en la primera temporada. De este final de The Wire se ha hablado mucho menos que de otros, como las polémicas que arrastraron el de Perdidos y Los Soprano. Quizá porque es parecido al final de todas las temporadas anteriores de The Wire, pero es probablemente uno de los mejores de la televisión. Porque nos permite contemplar la serie en su conjunto, nos permite darnos cuenta de la aventura que hemos vivido en esa ciudad, en la que el tiempo y la narrativa avanzaba con aparente lentitud. Resulta sorprendente como han cambiado las cosas, lo cerca que hemos llegado de conocer a una ciudad y sus gentes sin habernos levantado del sillón. Lo mucho que hemos viajado y vivido por Baltimore sin jamás haberlo pisado.







