Este fin de semana se estrenan, entre otras, dos películas que me han llamado la atención por complementarias. Por ser dos ejemplos de lo distinto que puede ser el cine. Se estrena “War Horse”, el nuevo filme de Steven Spielberg, un proyecto mastodóntico, tanto en medios como en aspiraciones, que retrata la Primera Guerra Mundial a través de la vida de un caballo en el campo de batalla. La otra es “Declaración de guerra” un proyecto francés muy muy pequeñito de Valerie Donzelli (que es directora y comparte guión y protagonismo en escena con Jeremie Elkaim) que aborda que narra la relación de una joven pareja y como afrontan la grave enfermedad que padece su hijo.
Una película es diferente de la vida, por mucho que la retrate. Tiene un principio, un desarrollo y un fin en un periodo muy corto -bueno, relativamente, “War Horse” dura más de dos horas y media- y sobre todo debe tener una estructura narrativa. Todo lo contrario a la vida. “War Horse” tiene esta estructura cerrada y marcada, y juega según esas reglas, pero también juega a ser una galería de historias distintas que tienen poco o nada que ver con la trama principal. La visión es más completa y, sobre todo, más humana, pero a cambio pierde ritmo y se vuelve un tanto pesada. “Declaración de Guerra” no hace lo mismo, tiene un principio y un fin, pero mucho más diluidos. Podría empezar antes y podría terminar después. Es un fragmento de las vidas de los protagonistas, y como tal, por más que sea un drama, los protagonistas también se ríen y disfrutan. Esto, el narrar la vida un poco al margen de los convencionalismos de género, es un respiro de aire fresco, pero también puede distanciar un poco al espectador.
Otra característica básica del cine es el artificio, el ‘No debe ser la realidad, sino que debe parecerse a la realidad’. “War horse” juega con todo el artificio para ponerlo al servicio de las emociones: John Williams crea una banda sonora emotiva -que le ha valido la enésima nominación al Oscar-, efectos especiales y medios técnicos de todo tipo para que el espectador se sienta en una trinchera en Normandia, y también una luz muy cinematográfica, que en este caso creo que por demasiado aparatosa no consigue plenamente el efecto deseado. Y el director es Steven Spielberg, puede gustarte más o menos, pero como director es un fuera de serie y hay secuencias en War Horse que quitan el hipo. “Declaración de guerra” juega con el artificio exactamente al revés, aproximándose a la realidad lo más posible para que el espectador también la sienta cerca: sonido directo, poca iluminación y escenarios y personajes reales -lo que tiene un valor extra al pasar la mayor parte del tiempo en hospitales rodeados de enfermeras-. Con esto, algunas de las “trampas del cine” llaman más la atención y pueden no funcionar tan bien, pero el espectador también se siente un integrante más de esta familia en periodo de crisis.
En definitiva, cuando esta semana vayas al cine, piensa si prefieres algo íntimo, una historia pequeñita que te susurran al oído y se te mete dentro, siéntate entonces ante “Declaración de guerra”. Si quieres en cambio ver como funciona la magia del cine, y ver cosas que no habías visto, entonces “War Horse”. Ninguna de las dos es perfecta. Cualquiera de las dos merece la pena.








