Ligeros de equipaje, como Antonio Machado, viajamos pocos. Quien más quien menos, a medida que el tiempo pasa y llenamos la gaveta de la vida, va acumulando cosas. Experiencias, trastos viejos, penas y alegrías, billetes de autobús, rencores, libros y bibelots, amores de ida y vuelta, recortes de prensa, fotografías… Cosas. También los muertos viajan con nosotros, nos circundan como un aura imperceptible, nos acompañan, nos ayudan, nos dan miedo. Somos una chamarilería ambulante en la que los nuestros gravitan como aves invisibles de invisible vuelo: se posan en nuestros hombros, aletean en silencio en torno a nuestra cabeza, nos miran y a veces nos juzgan. “Yo soy yo y mi circunstancia”, decía Ortega. Pues bien, la circunstancia también son ellos, y en un gesto mínimo, en el modo de apartarnos el pelo de la cara, en cómo marcamos la erre al hablar, en la manera de caminar (arrastrando los pies como la tía María, o dando pasos cortos y apresurados como el abuelo Juan, acaso en el curioso y desmayado apoyar las caderas en la barra de un bar, igualitos que el pobre primo Ramón) están ellos, viviendo una vida después de la vida, el periodo necesariamente corto en que sobreviven en nosotros, en quienes aún los recordamos, hasta que llegue su segunda y definitiva muerte cuando también nosotros muramos y ya nadie los recuerde.
No seríamos quienes somos sin haberlos conocido, sin haber sufrido su desaparición
Son las tías adolescentes y bellísimas y tísicas de Paco Umbral, el tipo a quien el patriarca de los Buendía asesinó y que se le aparecía una y otra vez en Cien años de soledad, el padre de Jorge Manrique obsesionándolo hasta que escribió las coplas por su muerte, el huso de la rueca con que se tejen los sutiles terrores en Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Componen un légamo de materia informe pero consistente, como ámbar en que se conservan, y florecen, nuestros recuerdos. Vivimos con ellos, sí, en ocasiones también contra ellos. No seríamos quienes somos sin haberlos conocido, sin haber sufrido su desaparición.
Claro que no siempre están muertos nuestros muertos. Pueden ser fantasmas del pasado, personas a quienes causamos algún mal, que nos echan en cara aquello que dijimos y debimos callar, lo que hicimos y sentimos tanto, pero tanto, tanto, haber hecho. A veces pasan años, lustros, sin que nos visiten. Pero un buen día están allí, cabalgando sobre el oleaje de nuestra mala conciencia, acechándonos desde el núcleo surrealista de una pesadilla que nos agarra y no nos suelta, más reales entonces que la realidad que nos rodea, nítidos, terribles, acusadores. Están en nosotros y somos nosotros quienes los alimentamos con el sentimiento de culpa, esa dulce gangrena que nos impide respirar. A estos, a los que aún no se fueron, más vale ser valientes y saber expulsarlos. Tal vez con un telefonazo a tiempo, con una disculpa sentida, con un acercamiento (mi mano ahí, tendida hacia la tuya), con un sincero acto de contrición. Esta semana, yo he podido hacerlo con uno de mis más grandes fantasmas. Y os aseguro que merece la pena: por las noches, se duerme mejor.
Están en nosotros y somos nosotros quienes los alimentamos con el sentimiento de culpa, esa dulce gangrena que nos impide respirar
Dicen que lo primero que olvidas de los muertos es su voz. Yo no lo tengo tan claro. Hay muertos que me susurran cada madrugada, y acunan con su voz mi duermevela. Hay muertos y muertos. Los míos, los más cercanos, son aquellos a quienes quise y que cada día echo de menos. Siento el dolor de su pérdida aquí mismo, un vacío en el plexo solar, un hueco intercostal imposible de llenar. Mis muertos amados me hablan, me cantan al oído y confortan mis largas noches de insomnio. Es su imagen, en cambio, la que se desdibuja con el correr de los años: a veces trato de recordar su rostro así, en conjunto, y por mucho que me empeñe sólo rescato del fondo arenoso de la desmemoria una oreja, una sonrisa, el guiño de una mirada, la manera peculiar, única, de fruncir el ceño mientras me escuchaban. Mis muertos pierden consistencia pero ganan (su voz, sus voces) en presencia. Esta es mi soledad sonora, la caja de resonancia en que se mezclan mis pensamientos y sus opiniones, que son las mías pero no lo son. Me enriquecen, me protegen, sé que me quieren. Desde la tumba, con amor, me gritan que no estoy solo. Que mientras ellos me acompañen siempre habrá un lugar para mí, más allá o más acá de este mundo de primarias, expulsiones de gitanos rumanos, hipócritas cumbres del milenio, el gorigori impostado de todo este globalizado universo. Un lugar en que ellos y yo todavía podemos, sí, hablarnos. Y los escucho.
Crédito de imagen: Giancarlo Diana







