Recién vuelto de las vacaciones, que como siempre se han hecho cortísimas, quedo con mi amiga Marta para ir juntos de excursión a Ikea, que es como la vuelta al cole de los pequeños pero en adulto y consumista. Nos acompaña Hermes, el hijo de un año de Marta, un niño espabilado, reidor, con su carácter bien formado ya, porque lo mismo te planta un abrazo que te derrite hasta las pestañas como se pilla una rabieta si no le dejas coger una colilla del suelo. Carretera de Badajoz adelante, llegamos sin problemas (y eso que yo, como copiloto, soy un desastre: me pongo a hablar y cuando quiero darme cuenta se nos pasa la salida de la autopista, o el parador al que queremos ir, o la gasolinera que buscamos). Es el último día de agosto, sobre las cinco de la tarde, un día que ha amanecido raro, hace calor pero el cielo despliega una gasa fina de nubosidad que mancha ese azul velazqueño del que siempre hablaba Paco Umbral. En el parking nos parece que no hay muchos coches.
-A ver si no está muy lleno- le digo a Marta.
-Es último día de mes y también de las vacaciones, esperemos que no- me contesta ella, con una sombra de duda en la voz.
En cuanto entramos, comprobamos que (horreur) todo dios debe de haber pensado lo mismo que nosotros y esto parece un centro de salud en plena paranoia de la gripe A, riadas de gente que mira, toca, compara precios, duda entre dos productos y finalmente compra. Ikea es un paraíso artificial (por lo tanto, falso) que invita a gastarse el dinero, también en época de crisis. Tal vez, en medio de una crisis, más aún. Uno renuncia al viaje alrededor del mundo, a las cenas fuera de casa, a cambiar de coche porque el que tiene cumplió ya cinco años, pero no es fácil que renuncie a vestir su casa con un mínimo de clase y glamour, cuánto daño han hecho el ¡Hola! y los programas del corazón enseñándonos por dentro los hogares de tanta lady ligera de cascos y tanto actor comprometido con el medio ambiente. Hermes se resiste a ir en brazos porque ante su vista se extiende todo un mundo nuevo, fascinante, excitante. Se retuerce para que lo pongamos en el suelo y hasta inicia un puchero de enfado, así que dejamos que corretee a sus anchas, siempre pendientes de que no coja algo que no debe, y poco a poco vamos caminando por este castillo encantado en forma de nave industrial, sus vericuetos que muestran las mil y una posibilidades de un hogar perfecto, televisiones de plasma, cómodos sofás, mesas y tumbonas. Los libros que adornan las estanterías no son de pega, aunque para el caso es lo mismo: hojeo uno de ellos y veo que está en sueco, ya me extrañaba que estuvieran tan a la vista del público. A ver quién va a leer por estos pagos en un idioma lleno de sonidos guturales, vocales extrañas y tanta ka y tanta jota. Pero qué tontería: nadie salvo un puñado de locos por la letra impresa se llevaría un libro de este bazar de fantasías.
A mi alrededor, jóvenes parejas discuten si es mejor un juego de toallas en rosa chicle o en azul, muy cogiditos de la mano, haciéndose arrumacos a la sombra de una estantería lacada, matrimonios ya entrados en años se preguntan sobre si es mejor esta cubertería o aquella, la mujer empeñada en que el marido opine, él con cara de fastidio simulando que atiende a su señora sin hacerle ni puñetero caso, familias, grupos de amigos, colegas del trabajo. No veo a nadie solo. A Ikea uno nunca va solo, no vaya a entrarte la angustia vital y te pegues un tiro. O se lo descerrajes al de al lado.
Hermes señala con el dedo, entusiasmado, mientras su madre y yo nos derretimos con cada uno de sus gestos, esa gracia flamenca con que mueve las manos, una sonrisa que de pronto le ilumina el rostro, el suave olor a inocencia que desprende en la base del cuello. Lo de menos es ir allí a cumplir con el rito obligado de la vuelta a la rutina, lo importante es sentirse parte (sentirme parte) de una familia que te acoge y te quiere, no hay nada mejor que ejercer de tío postizo de este niño.
A mitad de visita, ya con el carro bien lleno, hacemos una parada en la cafetería para que el crío meriende su puré de frutas mientras nosotros tomamos un café. Todo es autoservicio, plástico, irrealidad allá donde mire. Los centros comerciales me provocan una urticaria especial, es como sumergirse en un universo paralelo donde nada es lo que parece y todos pasamos, de un modo u otro, por el aro de la modernidad bien entendida (que, como todo el mundo sabe, siempre empieza por uno mismo). Atrás quedaron las tiendas de barrio, las mueblerías de antaño, la vida tranquila, ordenada, un tanto naif, que ahora nos enseñan en Cuéntame. Bienvenidos al futuro, donde todo un primer mundo (nosotros) vive a espaldas de la desesperación, la hambruna, las enfermedades que castigan a los otros, los desheredados, los afligidos, los que no tuvieron la suerte de nacer a este lado de la frontera. Miro a Hermes, seguro entre los suyos, querido y deseado. Y por amor a este niño, me gustaría pensar que el mundo que conocemos, esta enorme Ikea soñada, sobrevivirá dos o tres generaciones más, sesenta o setenta añitos de nada, lo justo para que él lo tenga fácil y sea, si es posible, feliz.








En nuestra mano está que dure ¿no?
buena¡
proyecto meijem.