A Jesús Neira lo han pillado con el carrito de los helados. Todos recordamos la imagen del profesor, delgadísimo y en silla de ruedas, a la salida del hospital donde pasó no sé cuántos días cortejando a la muerte, rodeado de periodistas, cámaras de televisión, simpatizantes y toda la corte celestial. Entonces lo vimos con el semblante cansado, la voz débil, pero era un héroe nacional, el valiente que se había atrevido a defender, aun a costa de su propia integridad, a una mujer que estaba siendo maltratada ante sus ojos. Aquella salida apoteósica del hospital tenía un tufillo raro, un algo de beatificación pública sin abogados del diablo, que no me convencía del todo, pero entonces yo también aplaudía la valentía de ese hombre que, de alguna manera, me obligaba a plantearme qué hubiera hecho yo en su misma situación (¿dar un paso al frente y encararme con el maltratador?, ¿o quizás, mucho me temía si escarbaba bien en mi interior cobarde, mirar para otro lado y convencerme de que aquello no iba conmigo?).
Luego llegaron las apariciones en televisión, los honores a bombo y platillo en la Comunidad de Madrid, las frases de Neira dando collejas a diestro y siniestro (pero más a siniestro, claro), un politiqueo de salón que ensuciaba la imagen hasta entonces blanca del héroe. Y me desentendí de él, pasó a ser otro tertuliano más, otro rostro conocido de las decenas que se asoman al salón de mi casa no bien enciendo la tele y me lo ponen perdido de insultos apenas insinuados, de frases con doble sentido, de intenciones aviesas…
Y de repente, sin comerlo ni beberlo, a esa imagen que todos guardamos en nuestra retina se superpone la de un Neira dubitativo, el paso vacilante, los gestos inconexos de quien ha bebido una copa de más y da positivo en la prueba de alcoholemia, un ídolo que ha metido la pata de barro hasta el corvejón –el problema no está en beber, claro, sino en coger el coche estando borracho- y no parece querer salir (o no sabe cómo) de semejante fregado.
Jesús Neira ha tratado de disculpar su conducta, claro. Dice que los efectos del alcohol se triplicaron debido a los fuertes medicamentos que toma. Un tanto burda la excusa, ¿no? Porque si te medicas y bebes una copa de vino que te sienta mal, lo lógico sería cederle el volante a alguien que esté en condiciones de conducir. En fin, que sea como sea, al profesor se le ha caído el pelo: Esperanza Aguirre (que es más lista que el hambre y huele a distancia hacia dónde se dirigen las simpatías de un público voluble y caprichoso) lo ha destituido de su cargo en el Observatorio contra la violencia de género, las voces que antes lo aplaudían se han acallado todas a una y la tormenta mediática (truenos y relámpagos y chirriar de dientes) se ha desatado sobre su cabeza.
Todo esto, que es menos que nada y dentro de unos días habrá sido reemplazado por otro escándalo, o la boda de alguien, o las declaraciones de otro, me da qué pensar. Cómo somos los seres humanos (las personas humanas, que dicen los entendidos), cómo nos gusta elevar a los altares a alguien para luego dejarlo caer en desgracia, que da un gustito tremendo eso de ver cómo un tipo de despeña y se rompe los huesos contra el suelo cuando antes anidaba en las cumbres del éxito. Así que atención a navegantes despistados: si un día te levantas y eres el héroe nacional, si allá donde mires te observa tu propia imagen, agigantada por ríos de alabanza sin fin, échate a temblar, porque la caída, ese oscuro reverso de la fama, está cerca.
Aquí, lo mejor que uno puede hacer es callarse la boca, huir lo más rápido posible del sol mediático, no vaya a ser que se te derritan las alas como le pasó al babión de Ícaro y te estrelles. Debajo de tanto amor incondicional siempre reside, agazapada, dispuesta a saltar en cuanto se presente la ocasión, la alimaña del odio en su madriguera, hecha de envidia, de hartazgo, de mezquindad. Porque en el fondo tan poco nos gusta que alguien sea (parezca) perfecto como que alguien sea el malo malísimo de la película. Y desde el patio de butacas, bien arropados por la oscuridad del anonimato, lo mismo nos cuesta un aplauso como un abucheo. Sólo que el abucheo, si va acompañado de una buena tomatada a lo tiro al blanco, es mucho más divertido. Dónde va a parar.








Desde el principio hasta el final, estoy de acuerdo con cada una de tus palabras. Has expresado magnificamente lo que muchos pensamos sobre este señor y, sus circunstancias…
tambien estoy totalmente de acuerdo con lo que has escrito, cuando he visto a este señor estos dias en prensa y tele, he pensado lo que has descrito en tu articulo, pero tu lo plasmas de una forma que da gusto leerlo
Muy buen artículo, estoy totalmente de acuerdo con lo que escribes sobre este señor.